Ubicada en la costa del Pacífico de Costa Rica, Santa Teresa es un rincón donde la naturaleza y la calma marcan el ritmo. Playas de arena blanca, atardeceres intensos y una vibra bohemia la convierten en el escenario perfecto para desconectar, surfear y dejarse llevar por la esencia pura del trópico.
El camino hacia Santa Teresa empieza mucho antes de ver el mar. Desde Monteverde, dejas atrás la niebla espesa y el verde infinito para ir descendiendo, curva a curva, hacia un paisaje cada vez más cálido y luminoso.
Es un trayecto largo, de los que se disfrutan sin prisa, con tramos irregulares y ese punto impredecible que tienen las carreteras de Costa Rica. Para llegar, puedes hacerlo todo por carretera bordeando el Golfo de Nicoya o combinar coche y ferry; nosotros elegimos la primera opción a la ida, viviendo ese cambio de atmósfera poco a poco, casi sin darnos cuenta.
En el camino hicimos una parada que se nos quedó grabada: Soda Mirador Don Lelo. Un sitio sencillo, sin artificios, donde la comida casera sabe a gloria y las vistas hacen honor al nombre. De esos lugares donde comes bien, pero sobre todo paras y respiras.
Y entonces aparece Santa Teresa, en Costa Rica, casi sin anunciarse.
Un lugar de caminos de tierra, surfistas descalzos y atardeceres dorados que lo tiñen todo.
Aquí no hay grandes listas de “imprescindibles”, porque el verdadero plan es bajar el ritmo: mañanas de café frente al mar, olas para todos los niveles y paseos por playas salvajes, con esa rutina improvisada de ir descubriendo sitios bonitos sin buscarlos demasiado. Santa Teresa tiene algo que engancha, una mezcla de caos tranquilo y belleza natural que hace que los días pasen distinto.
Nos quedamos en Casa Calocita, un alojamiento acogedor rodeado de naturaleza y muy cerca de la playa. Ofrece habitaciones luminosas con baño privado, espacios comunes para socializar, cocina compartida y zonas de coworking, lo que lo convierte en una opción ideal tanto para surfistas como para viajeros.
Playa Hermosa, nos pareció, sin duda, la más bonita de la zona. La vegetación llega prácticamente hasta la orilla del mar, y es habitual encontrarse iguanas gigantes camufladas entre las plantas, lo que le da un aire aún más salvaje y especial.
Durante nuestra visita en diciembre, el sol era muy intenso, en ocasiones casi inaguantable. Aun así, hubo momentos en los que apareció la lluvia, sin quitarnos las ganas de seguir disfrutando del mar. De hecho, bañarnos mientras llovía se convirtió en uno de esos instantes mágicos que hacen el viaje inolvidable.
Si te interesa el surf, encontrarás varios puestos a lo largo de la carretera donde puedes alquilar una tabla o incluso apuntarte a clases. Además, es recomendable llevar efectivo, ya que no hay muchos cajeros en la zona y en muchos lugares especialmente donde sirven comida casera y económica es el único método de pago aceptado.


